62 - sábado 31 de marzo de 2012 - Tacna-Trujillo

Cuando ya tuve las gafotas arregladas, pillé un bus para ir a Lima.
No lo he comentado hasta ahora, pero Perú me lo salto en bus. Ya llevo mucho tiempo fuera de casa y empiezo a tener cada vez más ganas de volver. Es una pena perderme Perú, que seguro que es un flipe, pero ahora mismo mi interés principal es Colombia, del que no oigo más que elogios -de ciclistas y de no ciclistas, pero sobre todo de ciclistas-. Perú es un (otro) país enorme y si lo hago en bici y a mi ritmo, me van a dar las uvas. Pero las uvas de 2014. Por otra parte, ya he tenido bastante altiplano -aunque bien es cierto que Perú es mucho más que altiplano- y no quiero más altitud y más mal tiempo en altitud. Además, por lo que tengo entendido, el interior de Perú es un sube y baja continuo cruzando valles perpendiculares al mar por pistas en no muy buen estado. Si quieres asfalto tienes que bajar siempre a la costa y volver a subir. No, no y no.

Lima es, como todas las capitales latinoamericanas que he visto, una ciudad enorme. También como en el resto de caos, concentra gran parte de la población del país; en este caso un tercio de todos los habitantes del Perú.
Me alojé en un hostel del barrio de Miraflores. Ese barrio y los adyacentes (que en realidad son municipios diferentes, no barrios: San Isidro, Surco, Pueblo Libre, San Borja, Barranco...) me parecieron muy agradables. Casas bajas, parques guapísimos y supercuidados cada dos cuadras (literalmente), todas las calles arboladas y el malecón a tiro de piedra en cualquiera de ellos. Es la zona pituca de Lima, pero es que es casi la mitad de la ciudad.
Yo no he visto nunca una ciudad con tantos parques y tan aparentemente perfectita. Lo cierto es que no tiene sabor latino para nada y parece más bien una ciudad europea o lo que muchas ciudades europeas quisieran ser.
Durante los 3 días que estuve recorrí en bici todos esos barrios y algunos más. Deambulando por ahí, a lo pijo hice un total de 143 km muy prestosos.

Hizo un tiempazo de flipar y me moló mucho. Y me pregunté cómo es que Lima no está en esa lista de ciudades más agradables para vivir del mundo, que se alternan siempre Vancouver y Melbourne.

 

Pero por supuesto hay otro Lima no tan lindo, que yo no llegué a conocer. Aparte de que esos barrios me pillaban muy lejos (aunque eso no es óbice), todo el mundo con el que hablé me recomendó encarecidamente que no se me ocurriera meterme por ellos en bici (que sí es óbice, aunque estoy convencido de que exageran, pero por si acaso). Eso me impidió ir a ver el puerto del Callao, que me apetecía mucho, entre otras varias cosas por ser el punto de partida de la expedición de la Kon Tiki.
Pero en realidad lo mejor de Lima fue esto.


Dos asturianinas expatriadas. Leti es amiga de una amiga mía. Y Carolina, compañera de ¿curro? y amiga de Leti. Salí a tomar algo y cenar con ellas un día y a Leti la vi también otro día. Me prestaron muchísimo los ratos que pasé con ellas.
Fueron ellas quienes me contaron que lo que yo vi tan guay de Lima fue producto de la ignorancia y de ver lo que uno quiere ver. La playa, kilométrica y en la propia ciudad -aunque separada por un talud de unos 100 m-, no es nada agradable y sólo es utilizada por los surferos. Los parques, aunque tantos y tan guapos, la gente no los utiliza. Y de eso sí me había dado cuenta porque ni siquiera en fin de semana se petaban de niños o de gente alrededor de una caja sidra. Lo del tiempazo sólo es ahora, y el invierno, con la garúa (una humedad ambiental más fina que el orbayo, pero igual de cabrona y que dura meses), es muy desagradable.
Y luego el tema de la inseguridad, que yo no la noté para nada, pero resulta que todas las casas están superenrejadas, hay militares, policía y serenazgo por todas partes y delante de muchos negocios hay guardias de seguridad armados hasta los dientes y con el dedo en el gatillo (que no mola nada) .
Pues a mí me prestó de todas maneras.
Lo que vi me gustó, pero al final sólo estuve 4 días. El hostel donde me alojé no era de los que molan, y en tres días se me acabó la ciudad. Y Leti y Carolina tienen sus vidas y no iban a estar contemplando al señorito a todas horas. Y entonces fue y me entró la prisa por marchar.
Nuevamente en autobús me fui a Huaraz, al pie de la Cordillera Blanca que, según llevo muchos años oyendo/leyendo, es "el Chamonix de Sudamérica", el pueblo base de todas las ascensiones al Alpamayo, el Chacraraju Oeste, el Huascarán, el Huandoy Norte, y todos esos picachos acojonantes que hay en el macizo. En temporada aquí se juntan muchos de los primeros espadas del alpinismo (perdón, "andinismo", que aquí se cuidan mucho de no decir nunca alpinismo o alpinista; caca) mundial. En temporada, no ahora. Lo de Tocando el Vacío, en el Siula Grande, fue en otro macizo que hay un poco más al Sur, el Huayhuash.
Si no lo conocéis, merece la pena que veáis alguna foto del Alpamayo,
Y una pijaduca: el Artesonraju, un seismil de esta zona, es la montaña de la Paramount.

Bueno, pues Huaraz es en realidad una ciudad (pueblo grande) que no mola nada. Ruidosa y fea. Y en esta época no hay nada de ambiente alpinista (ups, andinista). Y desde la propia ciudad no se ven los picos.
Y llueve absolutamente todas las tardes.
No puedo más con la lluvia. Me lleva persiguiendo desde Cochabamba, en Bolivia. Desde entonces sólo me libré de ella en los sitios costeños en los que he estado. Se suponía que la temporada de lluvias terminaba en marzo. Pero este año -¡mi año!- se está alargando e intensificando por demás. Dicen que como este año toca La Niña, 

 
pues que habrá lluvia hasta mayo. Bueno, por La Niña y por el sempiterno Cambio Climático, y por el "ya no llueve como antes".
El tráfico en Perú es lo peor que he visto hasta ahora. Tanto en ciudad como en carretera. No tienen ningún respeto por las bicis ni por los peatones ni por los demás coches ni por nadie. Aquí se trata de meter morro y de a ver quién frena primero. Para andar en bici es muy desagradable y cansino. A esto se unen los pitidos continuos. Los coches pitan porque sí, sin razón aparente, continuamente. No he estado nunca en el Sudeste Asiático, que dicen que en tema de pitidos son los jefes, pero aquí desde luego es muy jevi. Es estruendoso, ensordecedor, estremecedor y una mierda. Sé que a todo se acostumbra uno, pero a mí no me ha dado tiempo.
Pues eso, que Huaraz no mola nada.
Pero sí vi una cosa que me encantó. Paseando por uno de los mercados de calle me paré a escuchar a un charlatán de esos que venden remedios que curan todo, que uno mismo vale para las almorranas y para males de amor. Siempre me paro a escuchar, claro. No sé por qué, pero en todos los países que he recorrido en el viaje, los charlatanes son siempre peruanos. Y siempre hay un montón de paisanas escuchando atentas.
Bueno, pues este estaba cocinando en una olla enorme un brebaje borboteante de color verde. Cada poco abría la tapa y añadía unas hierbas o removía. Parecía tal cual una sopa de bruja de cuento. Y hablando continuamente, claro,con datos rigurosamente científicos y toda la pesca. Y de repente veo que mete la mano en un caldero y saca una rana. Me fijo y el caldero estaba lleno de ranas. Y empezó a hablar de las excelencias de la rana, que no es como el sapo, que ese come de la basura (?!). Y en la siguiente removida de la pócima, sacó unas ranas de dentro para que las viéramos. A mí me gusta probar cosas raras, y me lo pensé, pero me acojoné. Creo que me habría dado arcadita.
Otra cosa que me moló, pero que me da un poco de conflicto, son los mototaxis. Son responsables de gran parte de ese ruido que hay en Perú, pero es que molan mogollón.


Estos son más cucos y mejores con frío y lluvia,
pero a mí los que me gustan son los otros



Fui a Huraz por lo del Chamonix blablablá, para caminar algo y ver las montañas míticas de aquí, y para hacer unos cientos de kilómetros en bici por la zona, en dirección a Cajamarca, donde vive Laura -otra asturiana expatriada-, amiga de la facultad. La idea era ir en bici por el interior, atravesando valle tras valle y por pistas. Preguntando por ahí me desaconsejaron esa opción porque en esta época desaparecen muchos puentes. Como siempre, me parecía un poco exagerado, pero en mi estancia por la zona comprobé que, incluso en el valle del río Santa, asfaltado y bastante importante, los ríos bajan muy salvajes y, efectivamente, en algunos casos era necesario rodear varios kilómetros para encontrar un puente bueno de acceso a pueblos.

Cambio de planes. Bajar a la costa, a Trujillo, donde hay una Casa de Ciclistas cuya referencia me dieron en el sur de la Carretera Austral, hace casi un año. Para ello recorrería el Valle que separa la Cordillera Blanca de la Cordillera Negra, hacia el norte, y luego bajaría por el Cañón del Pato hacia el mar.
EL siguiente pueblo, entonces, era Caraz, a 70 km. Sali muy tarde (a las 13:00) porque tuve unos problemas mecánicos, pero pronto descubrí que el valle bajaba en mi dirección y, además, bastante rápido. Así que me daría tiempo de sobra de llegar a Caraz de día, aunque probablemente bajo las tormentas de la tarde.
Pero hete aquí que me encontré en la ruta un merendero donde servían Pachamanca, de la que había oído hablar. Paré y comí y me costó ponerme en marcha. 

Como un domingo de fabada
En otro momento hablaré de la comida peruana, porque merece la pena.
Entre salir tarde y parar a comer de plato, se me hizo tarde y empezaron las tormentas. De las dos primeras me refugié, pero a la tercera, ya anocheciendo, decidí que tenía que seguir hasta encontrar un sitio para dormir. Pero no encontré ninguno ni siquiera decente. Todos junto a la carretera y encima, como era domingo, había muchos borrachos en todos los pueblos y en sus alrededores (como es habitual en el mundo andino) y eso no mola para acampar.
Así que continué y continué, bajo un chaparrón continuo y totalmente de noche los últimos 25 km. Afortunadamente había bajado casi 1000 m desde Huaraz, y no hacía tanto frío como allá arriba.
Unos kilómetros antes de Caraz, el destino final, tuve un rato que las pasé un poco putas. Mientras pedaleaba y veía allá a lo lejos las luces del pueblo, un moto taxi, en lugar de adelantarme como todos, se pone detrás de mí y mantiene la velocidad durante mucho tiempo. Esto puede parecer una pijada, pero hace mucho tiempo que me vienen previniendo otros ciclistas sobre los robos a cicloviajeros en Perú. Tan mosca estaba yo con el tema que escribí a Lucho, el de la Casa de Ciclistas de Trujillo y lo que me respondió fue esto:
quiero comentarte sobre el lugar a 50 kilometros de Trujillo que se llama Paijan, es el sitio mas peligroso o mejor dicho era,ahora a todo ciclista que pasa por este lugar lo escolta la policia hasta Trujillo o Pacasmayo al norte,la modalidad de estos ladrones era seguirlos en moto taxi y cuando estaban en el decierto cerrarlos y luego robarles alguna bolsa o la bici,pero desde que que fuimos a hablar con el jefe  de la policía no hay problema.
Yo no estaba en Paiján ni en el desierto, pero con esa idea en la cabeza y el mototaxi detrás, de noche cerrada, lloviendo a mares, y en terreno muy rural, pues no estaba nada tranquilo. De repente se pone a pitar. Joderrrrrr. Y cuanto más me pitaba, más aceleraba yo. Y luego empieza como a acercarse, pero sin velocidad para pasarme, muy lentamente. Madredediós. Mucha tensión. Y yo ya pedealeando a todo lo que podía. 
Ya casi entrando en el pueblo se pone a mi lado y el mototaxista me empieza a gritar ánimos y me dice que me estaba cerrando a los coches, como para escoltarme; y que le siga, que me lleva hasta la Plaza de Armas.
Supongo que es el final esperable, pero hasta ese momento pasé bastante tensión. Y me jodió. Lo cierto es que la escena era un poco extraña y que hay que estar al loro, pero también sé que, de tanto oírlo a otros ciclistas, estoy un poco obsesionado con lo de los robos en Perú.
Luego hablé un poco con el mototaxista y llevaba una borrachera de domingo importante, aunque simpática.
Me alojé en un hostal. Delante de una de las habitaciones había un bicicletón de enduro, muy raro de ver por casi ningún lado de Sudamérica. Me entró curiosidad y esa misma noche conocí a dos franceses que están en un viaje de dos meses por Perú. Ramón y Tito, que ya sé que no parecen nombres muy franceses, pero ellos lo son. Ramón va de monte casi todos los días y Tito, el de la bici de enduro, hace lo propio en bici. Rutas jevitronas con mucho desnivel y cargando la bici durante horas, pero con bajadas estupendas y por sitios increíbles por los que nunca ha pasado una bici. Dos meses así. Diossssssssssssss. Qué envidia me dio. De la mala malísima.
Nos caímos muy bien y los días siguientes pasamos bastante tiempo juntos y nos reímos mucho.

 
En Caraz el tiempo seguía igual. Encapotado durante casi todo el día y lluvia por las tardes y noches. Así que muy pocas posibilidades de caminar y poder ver algún pico. Intenté alquilar una bici de montaña para salir un día con Tito, pero no encontré nada que fuera un poco decente. En lugar de eso, un día subimos Tito y yo en micro hasta un sitio a 4300 m y luego yo bajé con mi bici por la carretera y él por ahí haciendo el cabra. Me morí de envidia. Antes de eso le hice alguna foto y le vi hacer algunas mañas con la bici que no hicieron sino acrecentar mis ganas de andar en bici de montaña. La echo terriblemente de menos.


Eso de ahí es una puya en flor, unas bromeliáceas enormísimas que hay en la Cordillera Negra. Muy guapas. Puyas en flor y bosques de puyas fueron dos de las bromas recurrentes de esos días.




Otro día fui con Ramón a escalar a una zona de bloque que nos habían indicado. Cuando por fin encontramos el único bloque mínimamente escalable, empezó a llover.
Y otro día fuimos a ver un partido de voleibol femenino: Perú-Cuba. Ganó Cuba.
Por cierto, que aquí en Perú al voleybol se juega casi tanto como al fútbol. Es más popular entre las niñas, pero esa es otra sorpresa: que las niñas juegan a un deporte con balón. Y ahora entiendo por qué en España los inmigrantes latinos que van a los parques los domingos, juegan al voleybol.

Tito hace unas pinturas que a mí me gustan mucho.
Después de 3 días con ellos, me fui hacia el mar. Salí bastante pronto porque me quedaban 120 km hasta Trujillo. Como era principalmente cuesta abajo (de los 2200 m al nivel del mar), me imaginé que podría hacerlo en el día. Además, al alejarme de la Cordillera se terminarían las lluvias y podría hacer un día largo tranquilamente.
¿Tranquilamente? No. El camino era guapísimo, primero por el Cañón del Pato y luego por el valle del mismo río Santa. Aunque el valle era cuesta abajo, tenía unos repechos cojonudos y el firme de la pista es uno de los peores que me he encontrado, con algunas zonas llenas de barro por los argayos que vi por todas partes. Las dos cosas juntas y el calorón que hace cuanto más se acerca uno al desierto costero, me hicieron ir bastante despacio.
Y para rematar, sin que yo me hubiera dado cuenta, las cubiertas se habían ido gastando mucho más rápido de lo esperable y empecé a pinchar todo seguido. 7 pinchazos sólo ese día. Muy desesperante.
A las 14:00 empezó el viento, que subía muy fuerte desde el mar por todo el valle. Nubes y nubes de polvo viniendo de cara. Y cuando pasé por una zona de pedreros en las laderas del valle, empezaron a caer piedras de todos los tamaños. En el primer pedrero me pareció curioso, pero en el segundo ya me dio un poco de miedo. Decidí que era mejor acampar y dejar pasar el día, madrugando al día siguiente. Y por la tarde llovió. En este desierto.
Un desierto de montaña que es espectacular.













Así lo hice, madrugué mucho, pero seguí pinchando cada dos por tres. Cuando ya estaba resignado a seguir y seguir reparando pinchazos, aunque ya corto de parches, se me rompió la patilla del cambio. Desde que compré la bici pregunto en todas las tiendas de bicis para llevar una de repuesto, pero es una pieza tan específica de cada cuadro, que no encontré ninguna.
Sabía que en la ch'allada de la bici me había faltado algo: probablemente el gallo blanco o el feto de llama.
Sea como sea, no podía seguir. Pero cuando todavía iba por la "g" del cagamento, apareció una furgoneta que me llevó hasta Chimbote. De ahí tomé un autobús hasta Trujillo, donde está la Casa de Ciclistas.

Una cosa que ya me habían contado es que los guajes de Perú se empeñan en gritarnos "¡gringo, gringo!" a los ciclistas. Y es cierto. Pasar por ejemplo cerca de un colegio a la hora de la salida es un ¡gringo, gringo! continuo. Luego un día hablando con un paisano me di cuenta de que aquí "gringo" es cualquier extranjero, incluso sudamericanos. Curioso.

Nota histórica chunga: en 1970 hubo un terremoto que mató a mucha gente de toda la región, pero en esta zona fue peor porque una ladera del Huascarán se deslizó sobre un lago, desbordándolo y arrastrando valle abajo una masa morrénica que finalmente llegó hasta el mar. No pongo cifra porque en cada sitio que leo dice algo diferente, pero hubo miles de muertos.

No lo sé seguro, pero esa llanura de inundación que ahora está horadada por el río creo que es la del aluvión de 1970.  En la foto no se aprecia, pero lo que ahí se ve -y que vi durante todo el camino que hice junto al río- mide unos 10 m de alto. Tuvo que ser muy jevi.

Perú es el país de Wendy Sulca y de la Tigresa del Oriente. Aunque por allá veamos sus vídeos para descojonarnos (me incluyo), los huaynos peruanos y bolivianos, que es el estilo musical de la pequeña Wendy, son lo que escucha todo el mundo en el altiplano de Bolivia y en la Sierra peruana. Probablemente los huaynos tradicionales sean incluso prestosos, pero los de ahora son simplemente insoportables. Todos con ese organillo tipo gitano de la cabra, esas presentaciones y mensajes con la reverb a tope y esas melodías que son todas iguales. Y se pasan el día escuchándolo en todas partes: casas, tiendas, negocios, autobuses, coches... Y las tiendas que venden discos truchos mantienen verdaderos duelos de decibelios con su competencia de la misma calle. Arghhhhhhhh.
Aunque tengo yo una amiga francesa que opina que es muy popular y muy tradicional y, por ende, muy bonito e interesante. Uf.
Otra movida musical insopotable que se oye por todos los países que he recorrido hasta ahora son Los Wachiturros. Sobre todo se oye en los móviles de los adolescentes. Y esto sí que ye lo peor. Cada vez que oigo la sirena del principio, me dan ganas de jiñar. Bueno, en realidad hay algo aun peor: sus amiguitas Las Culisueltas.
La otra canción que triunfa por aquí, y que meto en el mismo saco que todo lo demás, es ese tema superpegadizo y superasqueroso brasileiro, que me consta que también lo están quemando allá en Europa.

Perú también es la tierra que vio nacer a Los Saicos (¡Demolición!) y a Laghonia. Pero claro, a estos no los escucha por aquí ni dios.















¿Huaje?



4 comentarios:

Jose dijo...

Pedazo viaje que te estas pegando. Hoy se lo contaré al peque porque el fiera lo único que hace es entrenar para las carreras´. Me flipa

Anónimo dijo...

¿Ya pensando en el retorno? Pensé por un momento que te habías transformado en un viajero incansable.
Sigue con tu historia, que me entretiene mucho y me dan ganas de agarrar mi bici y salir.
Consulta, ¿cuando estuviste en la carretera austral, que ropas usabas cuando llovía?

Un gran abrazo desde Stgo.

Felipe

YO, ME, MÍ, CONMIGO dijo...

Hola Felipe:
Pues sí, lo cierto es que cada vez tengo más ganas de volver a casa. Eso no me impide disfrutar del viaje, pero por mucho mundo que veamos y por lindo que este sea, los asturianos nunca nos podremos librar de la señardá. Aparte de echar de menos a familia y amigos, claro.
Espero que ya tengas una idea algo más clara sobre Bolivia. Ya me contarás.

Jose:
Te digo más o menos lo mismo.

Un saludo a ambos,

Miguel

Anónimo dijo...

Cojonuda entrada, que además llevaba tiempo sin leerte...
Y tirando de los hilos que pones, muy chulas las pinturas de Tito. Lo de la inseguridad en Lima, tenía la referencia por amigos de que es bastante heavy... y sobre el Nevado del Huascarán, me recuerda a las clases de geomorfología aplicada de la carrera.

Un abrazo grande grande, Guille.

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